jueves, 29 de agosto de 2013

Reflexiones de un sábado normal



Era un sábado normal. Recién había almorzado y me acosté a pensar qué haría en la tarde. No quería salir una vez más a recorrer un centro vacío, sin brillo, con los mismos y lúgubres edificios característicos de esta ciudad. Además, todos los panoramas que me proponía se arruinaban en el momento que pensaba que tendría que salir solo.

Me gusta la soledad, no a nivel de ser un ermitaño, pero sí de poder escuchar mi propio pensamiento, el ruido de la ciudad, mirar el cielo. Mi relación con la soledad es bipolar. Bueno, hace un par de meses me he sentido bastante deprimido. Los días se hacen más largos, las horas interminables. El cielo ya no es lo que era y la Luna ya no me anima.

Después de un buen rato de reflexión solitaria, decidí salir a disfrutar de la naturaleza. Tras un viaje medianamente largo, llegué a mi destino. Miré el paisaje y me deslumbré con la inmensidad de la laguna. Busqué un viejo árbol en donde pudiera recostarme y contemplar la maravilla que tenía al frente mío. Al encontrar lo que buscaba, comencé a mirar detenidamente el movimiento del agua, la cual se generaba por el constante viento que había. Mi mente comenzó a apagarse, mi visión a nublarse y dejé que mi alma se liberara.

Varios cisnes pasaban al frente mío; podía contemplarlos a pesar de estar concentrado en mirar un punto fijo en la laguna. De vez en cuando respiraba profundo, como queriendo hacer mío ese ambiente, ese lugar. La música me ayudaba a que me sintiera cada vez más relajado. Pensé en varias cosas, en varias personas, en varios lugares.

Decidí caminar un rato entre un bosque aledaño. Mientras más me adentraba, más feliz me sentía, la soledad volvía a ser una amiga y no una enemiga mortal. Caminé, caminé hasta desaparecer. Nunca más volví, nunca más regresé para ver los viejos y deprimentes edificios. Hoy formo parte de la laguna. He vuelto a casa. 

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