sábado, 11 de julio de 2015

Alta edificación

Siempre me han fascinado los edificios altos. Quizás esa sea una de las razones por las cuales me vine a vivir a Santiago. Ver todos los días como los edificios intentan tocar el cielo y desaparecer más allá de las nubes. 

Me encanta que mi mirada se pierda buscando el final de la torre. Es como si buscara desesperadamente una reliquia personal que piensas se te perdió. 

Pienso cómo será la vista desde las alturas. Sentir la adrenalina del aire fresco, del viento en tu cara. De ver cómo el mundo que creías tan inmenso, en verdad es tan pequeño. Como, por un segundo, te crees el rey del universo, un ser superior que está por sobre todos. 

A veces siento que al caminar por el centro de Santiago, lo hago por un bosque, gris, frío, pero atractivo. Es difícil describir la sensación que se apodera de mí internamente. No sé cómo explicar lo que siento al caminar por el centro y contemplar las edificaciones. 

Los edificios son como grandes árboles, que nunca se marchitan, que no mutan. Porque aunque intenten modificar su estructura o imagen, sigue manteniendo la misma esencia. 

¿De cuántas vidas es sostén cada edificio que hay en Santiago? ¿Cuántos sueños esconden esas paredes? ¿Cuántas mentiras, amoríos, fracasos, llantos, alegrías, peleas, sentimientos de amargura?

No lo sé. Me gustaría saberlo. Los edificios son como libros, cuyas paredes hacen de portada y que en su interior hay miles de páginas, con diferentes tomos y capítulos. Cuyas letras están hechas de carne, sangre y huesos. 

¿Qué debe sentir quién vive en lo más alto? ¿Se sentirá superior a los demás? ¿Pensará que está solo?

¿Qué es lo que dice ese capítulo de ti?

¿Cuántas páginas de ese libro son sobre ti?


¿Cuál es el peso que aguantas sobre tus cimientos?