Siempre me han fascinado los edificios altos. Quizás esa sea una
de las razones por las cuales me vine a vivir a Santiago. Ver todos los días
como los edificios intentan tocar el cielo y desaparecer más allá de las
nubes.
Me encanta que mi
mirada se pierda buscando el final de la torre. Es como si buscara
desesperadamente una reliquia personal que piensas se te perdió.
Pienso cómo será
la vista desde las alturas. Sentir la adrenalina del aire fresco, del viento en
tu cara. De ver cómo el mundo que creías tan inmenso, en verdad es tan pequeño.
Como, por un segundo, te crees el rey del universo, un ser superior que está
por sobre todos.
A veces siento que
al caminar por el centro de Santiago, lo hago por un bosque, gris, frío, pero
atractivo. Es difícil describir la sensación que se apodera de mí internamente.
No sé cómo explicar lo que siento al caminar por el centro y contemplar las
edificaciones.
Los edificios son
como grandes árboles, que nunca se marchitan, que no mutan. Porque aunque
intenten modificar su estructura o imagen, sigue manteniendo la misma
esencia.
¿De cuántas vidas
es sostén cada edificio que hay en Santiago? ¿Cuántos sueños esconden esas
paredes? ¿Cuántas mentiras, amoríos, fracasos, llantos, alegrías, peleas,
sentimientos de amargura?
No lo sé. Me
gustaría saberlo. Los edificios son como libros, cuyas paredes hacen de portada
y que en su interior hay miles de páginas, con diferentes tomos y capítulos.
Cuyas letras están hechas de carne, sangre y huesos.
¿Qué debe sentir
quién vive en lo más alto? ¿Se sentirá superior a los demás? ¿Pensará que está
solo?
¿Qué es lo que
dice ese capítulo de ti?
¿Cuántas páginas
de ese libro son sobre ti?
¿Cuál es el peso
que aguantas sobre tus cimientos?