martes, 3 de septiembre de 2013

El laberinto interno.

No sé cuántas horas llevaré caminando. Mis piernas no dan más, la energía se fue, las ganas de salir con vida también. Miro hacía arriba buscando un rayo de luz que logre iluminar mi camino. Mi mirada lentamente asciende, pero nada puede ver. No logro distinguir la izquierda de la derecha, por eso no sé cuánto he caminado. Quizás llevo días y días caminando en círculos, gastando mis pilas hasta el inevitable final.

Decido descansar un momento. Me acuesto sobre el húmedo e incómodo suelo. Siento como algunos bichos festinan con mi debilitado organismo. - Ah, dejemos que sean felices- pienso. Mientras, mi cabeza gira y gira, desesperada, mareada, cada vez más ahogada de tanta humedad. Muchas ideas pasaban como ligeras aves por mi mente. Más de alguna se posaba y podía contemplarla; las demás, con suerte podía verlas. Ya no podía más.

Abrí los ojos nuevamente, sin tener noción del tiempo que había estado inconsciente. Trate de levantarme, pero fue inútil. A esas alturas mi cara estaba roja y ardía con gran intensidad. Mis labios, todos partidos, apenas los sentía, sólo saboreaba, gratamente, la sangre que corría hacia mi boca. Mi tórax estaba bien; la parte superior de mi cuerpo en general no presentaba problemas. Mis piernas resistían, a pesar de las profundas heridas que tenía una de ellas. Tras hacer una breve, pero detallada revisión de mi organismo, hice el último esfuerzo y logré ponerme de pie. No sacaba nada con detenerme un segundo más. Si seguía haciéndolo, más chances le daba a mi enemigo de apoderarse de mi mente y destruirme. No, no quería eso, quería seguir luchando, quería seguir hasta que se me agotaran las fuerzas.

No tenía rumbo fijo, pero sí una meta. No dejaría que el laberinto de mi alma me destruyera. Al fin y al cabo, era parte de mí, yo había creado ese laberinto y debía ser capaz de resolverlo. El bosque se transformaba a cada paso; ahora era un desierto, árido y seco. ¡Podía ver el cielo!, pero éste no era azul, era blanco, todo era de ese color. Un calor enorme se apoderó de mí. Pensé que me desmayaría, pensé que no lo lograría. Avancé unos pasos hasta desfallecer en un mar transparente. Todo lo que me rodeaba desapareció en un instante. Mientras me hundía, comencé a cerrar los ojos. Oí voces de personas que no logré reconocer. Ese mar invisible continuaba apoderándose de mí.

Cerré los ojos completamente, la oscuridad se apoderó del lugar. Pasaron unos breves segundos hasta que sobresaltado desperté. Fue ahí que me di cuenta que había sido derrotado y que el laberinto me había ganado. A pesar de eso, mañana quiero seguir intentándolo, quiero cruzar la selva, para poder encontrar la salida de mi alma interna. 

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